Talón sin fondos
Relato. Ejercicio descriptivo.
“Talón sin fondos”.
Rubia, melena ensortijada hasta la cintura, piernas interminables, felinos ojos verdes, curvas de vértigo, dos másters, inteligente, treinta y cinco años de hermosa mujer difíciles de superar.
Marta esperó hasta que no pudo soportarlo por más tiempo. No debía haber aceptado aquella cita con su padre. Después de haberle demostrado ser un sinvergüenza durante toda la vida, evitándola, sin atenderla, lo estaba confirmando de nuevo.
Quedó con él a las cinco en el lugar de siempre, el Old Horses, al lado de su pequeño apartamento. Después de una hora fumando Lucky sin parar y escuchando el delicioso piano de Óscar Peterson, llamó a César, le pidió la cuenta y pagó su café manchado. Se levantó, derribó la taza no se sabe muy bien si queriendo o no, y se dirigió hacia la salida machacando con sus botines la vieja tarima del garito. Los clientes que se encontraban inmersos en conversaciones bajo una lenta nube que provenía de ceniceros que no admitían más cigarrillos, se giraron durante un instante para observar a Marta. Pero en unos segundos “el Horses” retomó su devenir, con su jazz, sus gin tonics y su humo perenne.
Al salir a la calle, en la acera, se topó con él. “Discúlpame, pero en esta ocasión no ha sido culpa mía”. “No te preocupes. De todas formas, quedar contigo había sido un error. Adiós”. Salió corriendo y cruzó la calle. Él reaccionó.La persiguió. Quería alcanzarla a toda costa, y no se fijó en el Golf rojo que se acercaba con las ventanillas bajadas, Dire Straits destrozando los altavoces Pioner, noventa kilómetros por hora y cuatro niñatos comenzando la vida de forma equivocada. Le arrolló. El sobre que llevaba en la mano cayó al suelo. Después de charlar un rato con ella, se lo habría entregado.
Ahora Marta leería la carta con su padre muerto.
UNA SEMANA DESPUÉS
No había tal carta dentro de aquel maldito sobre azul .Después de cenar, recostada en el sofá, Marta cambiaba de canal sistemáticamente, cada diez segundos, sin hacer caso a los programas que iban desfilando por su nueva Panasonic LCD de cuarenta y dos pulgadas.
Un talón conformado por el Deutsche Bank de dos millones de euros a su nombre. Eso era todo. ¿Qué significaba aquello?. ¿Cómo había conseguido su padre ese dinero?. Ahora tendría que interesarse por su testamento. ¿Se podría cobrar un talón después de que una persona hubiese fallecido?
A la mañana siguiente acudió al banco, a la dirección de la sucursal que venía reflejada en el cheque, pero en la cuenta a la que hacía referencia el talón sólo quedaban quinientos euros. Dos días antes otro titular autorizado había retirado el resto de fondos. ¿Era legal que el Deutsche le hubiese entregado la pasta a quienquiera que fuese con su padre en el infierno?
Necesitaba aclarar la mente. Cogió su Mini descapotable y se dirigió al “Horses”. César, el simpático canadiense que siempre sabía lo quela Doctora Blázquez quería tomar, le sirvió una Coca Cola Zero. Marta encendió un cigarrillo y aspiró profundamente.
Tan sólo hacía una semana que no tenía conocimiento de la existencia de un papel donde apareciese como destinataria de dos millones de euros. No tenía por qué estar dándole vueltas a la cabeza acerca de la posibilidad de ser rica de la noche ala mañana. Y era feliz con su vida, su carrera de cirujano, sus pequeños placeres, viajes, chicos, el cine, sus libros, el jazz de Wynton Kelly,…
Medio paquete de Lucky sin filtro. Dos Coca Colas.
De repente, lo vio todo claro. Tuviera valor o no aquel cheque, le dio igual. Llegó a la conclusión de que no se interesaría más por él, si es que existía alguna posibilidad de cobrarlo. Lo rompió. Probablemente se tratara de dinero manchado por alguna innoble causa. Respiró tranquila y se dispuso a continuar con su vida. A partir de ese día sólo recordaría a papá para revivir los primeros ocho años de su niñez, hasta que él se marchó. El resto lo borraría de su mente.
Ignoraba que no lo iba a lograr jamás.
“Yo necesitaba una carta en aquel sobre. De él lo que menos necesitaba era dinero. Habría sido muy sencillo”, pensó Marta con dolor sabiendo que esas palabras ya nunca llegarían ”.
Tomó su bolso de Carolina Herrera, se ajustó el chaquetón de piel de Roberto Verino, miró su Rolex, se percató de que iba a llegar tarde a la clínica, se levantó, y se dirigió a la salida acariciando con sus tacones la vetusta tarima del Café. El vaso de Coca Cola se mantuvo en pie. Nadiela miró. Sonrió. Sonrió por haber hecho añicos aquel papel. Un poso de amargura se convirtió, a partir de entonces, en su compañero inseparable.